daremos a los ministros y a otros altos funcionarios administrativos que rodean al presidente la idea de eludir sus órdenes emitiendo instrucciones propias. En consecuencia, ellos serán considerados responsables en su lugar. Recomendamos que la ejecución de este plan sea encomendada especialmente al Senado, al Consejo de Estado o al Consejo de Ministros, y no a particulares. Bajo nuestra dirección, el presidente interpretará de manera ambigua las leyes existentes que sea posible interpretar de ese modo. Además, las anulará cuando nosotros le señalemos la necesidad de hacerlo; también tendrá derecho a proponer leyes temporales e incluso modificaciones en la obra constitucional del gobierno, alegando como motivo para ello las exigencias del bienestar del país.
Por tales medidas podremos destruir gradual, paso a paso, todo aquello que, al entrar en nuestros derechos, nos vimos obligados a introducir en las constituciones gubernamentales como una transición hacia la abolición imperceptible de todas las constituciones, cuando llegue el momento de convertir todo gobierno en nuestra autocracia.
El reconocimiento de nuestro autócrata puede llegar incluso antes de la abolición de la constitución; el momento para este reconocimiento llegará cuando el pueblo, atormentado por la disensión y la incompetencia de sus gobernantes, incitado por nosotros, exclame:
Destituidlos y dadnos un soberano universal que nos una y abuela las causas de disensión —las fronteras nacionales, la religión, la deuda pública— y que nos dé la paz y la tranquilidad que no podemos encontrar con nuestros gobernantes y representantes.
Pero bien sabéis que para hacer posible una manifestación tan universal del deseo, es necesario perturbar continuamente en todos los países las