se producen revueltas, y los desastres y la bancarrota aparecerán próximamente por todas partes.
Parlanchines desenfrenados han convertido las sesiones parlamentarias y las reuniones administrativas en concursos oratorios.
Audaces periodistas, impudentes panfletistas, lanzan ataques diarios contra el personal administrativo. El abuso de poder está preparando sin duda la caída de todas las instituciones y todo será derribado por los golpes de las turbas enfurecidas.
El pueblo está encadenado por la pobreza al trabajo pesado con más seguridad que por la esclavitud y la servidumbre. Podían liberarse de aquellas de un modo u otro, mientras que no pueden librarse de la miseria.
Hemos incluido en las constituciones derechos que para el pueblo son ficticios y no son derechos reales. Todos los llamados “derechos del pueblo” solo pueden existir en abstracto y jamás pueden realizarse en la práctica.
Qué le importa al proletario trabajador, doblado por la fatiga pesada, oprimido por su destino, que los charlatanes reciban el derecho a hablar, los periodistas el derecho a mezclar disparates con la razón en sus escritos, si el proletariado no tiene otra ganancia de la constitución que las migajas miserables que le arrojamos desde nuestra mesa a cambio de su voto para elegir a nuestros agentes.
Los derechos republicanos son una amarga ironía para el pobre, pues la necesidad de un trabajo casi diario le impide usarlos y al mismo tiempo lo priva de su garantía de un sustento permanente y seguro al hacerlo dependiente de las huelgas, organizadas ya sea por sus amos o por sus camaradas.