inmediatamente asumidas por una nueva mano, porque la fuerza ciega del pueblo no puede permanecer sin un líder ni siquiera por un día, y el nuevo poder simplemente reemplaza al viejo, debilitado por el liberalismo.
En nuestros días el poder del oro ha sustituido a los gobernantes liberales.
Hubo un tiempo en que la fe reinaba. La idea de libertad no puede realizarse porque nadie sabe cómo hacer un uso razonable de ella. Dad al pueblo el autogobierno por un corto espacio de tiempo y este se corromperá. A partir de ese mismo instante comienzan las discordias y pronto se convierten en luchas sociales, como resultado de las cuales los Estados se incendian y su autoridad se reduce a cenizas.
Ya sea que el Estado esté exhausto por convulsiones internas, o que las guerras civiles lo entreguen en manos de enemigos externos, en cualquiera de los dos casos puede considerarse irremediablemente perdido: está en nuestro poder. El despotismo del capital, que está enteramente en nuestras manos, le tiende una paja que el Estado debe asir, aunque en contra de su voluntad, o de lo contrario caer en el abismo.
A aquel que, debido a sus inclinaciones liberales, sostenga que argumentos de este tipo son inmorales, le formularía la pregunta: si un Estado tiene dos enemigos, y si contra el enemigo externo está permitido y no se considera inmoral utilizar todos los métodos de guerra y, como medida de protección, no dar a conocer al enemigo los planes de ataque, tales como ataques nocturnos o ataques con fuerzas superiores, ¿por qué habrían de considerarse inmorales esos mismos métodos cuando se aplican a un peor enemigo, un transgresor del orden y la prosperidad social?
¿Cómo puede una mente sana y lógica esperar guiar con éxito a las masas por medio de la persuasión razonable o de argumentos si existe la posibilidad de contradicción, por muy irracional que sea, pero que pueda parecer más atractiva para las masas de pensamiento superficial?