y todas las manifestaciones activas de ambos serán reprimidas mediante castigos, que servirán de ejemplo para el resto del pueblo.
Aboliremos el derecho de los tribunales de apelación a anular las decisiones judiciales, el cual pasará a ser prerrogativa exclusiva del soberano, pues no podemos permitir que el pueblo piense que los jueces nombrados por nosotros puedan emitir una decisión incorrecta.
Si, no obstante, ocurriera tal error, nosotros mismos anularemos la decisión; pero el castigo que impondremos al juez por la incomprensión de sus deberes y de su responsabilidad será tan severo que eliminará la posibilidad misma de que se repita.
Repito que vigilaremos cada paso dado por nuestra administración para poder satisfacer al pueblo, ya que este tiene derecho a exigir un buen funcionario de una buena administración.
En la persona de nuestro soberano, nuestro gobierno adoptará la apariencia de una tutela patriarcal o paternal. El pueblo, nuestros súbditos, verá en él a un padre que cuida de cada necesidad, de cada acción, y que se preocupa por cada relación, tanto entre los propios súbditos como entre estos y el soberano.
Así, se impregnarán de la idea de que les es imposible prescindir de este tutor y guía si desean vivir en un mundo de paz y tranquilidad. Reconocerán la autocracia de nuestro soberano, a quien respetarán y casi deificarán, especialmente cuando se den cuenta de que nuestros agentes no usurpan su poder, sino que simplemente ejecutan sus órdenes a ciegas.
Se alegrarán de que todo esté regulado en sus vidas, tal como lo hacen los padres sabios que desean educar a sus hijos en el sentido del deber y la obediencia. En cuanto a los secretos de nuestros planes políticos, tanto las masas como su administración son como niños pequeños.