ordenando la ejecución de sus desafortunados invitados; una vez más, el bebé-cerdo estornudaba en las rodillas de la Duquesa, mientras platos y fuentes se estrellaban a su alrededor; una vez más, el chillido del Grifo, el chirrido del pizarrín de la Lagartija y los ahogos de los conejillos de indias sofocados llenaban el aire, mezclados con los lejanos sollozos de la desdichada Falsa Tortuga.
Así siguió sentada, con los ojos cerrados, y casi creía estar en el País de las Maravillas, aunque sabía que le bastaba con abrirlos de nuevo para que todo se transformara en la dura realidad: la hierba solo se movería crujiendo con el viento, y el estanque formaría ondas al compás de los juncos; el repiquetear de las tazas de té se cambiaría en el tintineo de los cencerros, y los gritos chillones de la Reina en la voz del pastorcillo; y los estornudos del bebé, los alaridos del Grifo y todos los demás ruidos extraños se convertirían (bien lo sabía) en el clamor confuso de un corral ajetreado, mientras que el mugido del ganado a lo lejos ocuparía el lugar de los profundos sollozos de la Falsa Tortuga.
Por último, se figuraba cómo esta misma hermanita suya sería, en el tiempo futuro, una mujer ya crecida; y cómo conservaría, a través de todos los años de su madurez, el corazón sencillo y amoroso de su infancia; y cómo reuniría a su alrededor a otros niños pequeños, y haría que sus ojos brillaran, ávidos con muchos cuentos extraños, tal vez incluso con el sueño del País de las Maravillas de hacía tanto tiempo; y cómo se compadecería de todas sus sencillas tristezas, y hallaría placer en todas sus sencillas alegrías, recordando su propia vida infantil y los felices días de verano.