—Un gato puede mirar a un rey —dijo Alicia—. Lo he leído en algún libro, pero no recuerdo dónde.
—Bueno, hay que sacarlo —dijo el Rey con mucha firmeza, y llamó a la Reina, que pasaba en ese momento—: ¡Querida! ¡Quisiera que mandaras a sacar este gato!
La Reina solo tenía una manera de resolver todos los problemas, grandes o pequeños. «¡Que le corten la cabeza!», dijo, sin siquiera volverse.
—Iré a buscar al verdugo yo mismo —dijo el Rey con entusiasmo, y se fue apresuradamente.
Alicia pensó que bien podía volver y ver cómo iba la partida, ya que oía la voz de la Reina a lo distancia, que gritaba furiosa. Ya le había oído condenar a muerte a tres de los jugadores por haber perdido sus turnos, y la cariz que tomaba aquello no le gustaba nada, pues el juego estaba tan revuelto que nunca sabía si era su turno o no. Así que fue en busca de su erizo.
El erizo estaba enzarzado en una pelea con otro erizo, lo que le pareció a Alicia una excelente oportunidad para jugar al cróquet usando a uno de ellos contra el otro; la única dificultad era que su flamenco se había cruzado al otro lado del jardín, donde Alicia podía verlo intentando de un modo bastante desamparado volar hasta lo alto de un árbol.
Para cuando había atrapado al flamenco y lo había traído de vuelta, la pelea había terminado y ambos erizos habían desaparecido de la vista: «pero no importa mucho», pensó Alicia, «ya que todos los arcos han desaparecido de este lado del terreno». Así que se lo metió bajo el brazo, para que no volviera a escaparse, y regresó para conversar un poco más con su amigo.
Cuando volvió junto al Gato de Cheshire, se sorprendió al ver que se había reunido una multitud bastante grande a su alrededor: había una