acostarse con un codo contra la puerta y el otro brazo enrollado alrededor de su cabeza. Aún así siguió creciendo y, como último recurso, sacó un brazo por la ventana y un pie por la chimenea, y se dijo a sí misma: «Ahora ya no puedo hacer más, pase lo que pase. ¿Qué va a ser de mí?».
Por fortuna para Alicia, la pequeña botella mágica ya había surtido todo su efecto y ella no creció más: aun así, era muy incómodo y, como parecía no haber ninguna posibilidad de que volviera a salir de la habitación, no es de extrañar que se sintiera desgraciada.
«Se estaba mucho mejor en casa», pensó la pobre Alicia, «cuando una no se pasaba el tiempo creciendo y menguando, y mandada por ratones y conejos. Por poco desearía no haberme metido por esa madriguera... y sin embargo... y sin embargo... ¡es una vida bastante curiosa, ya sabes! ¡Me pregunto qué me habrá pasado! Cuando leía cuentos de hadas, pensaba que esa clase de cosas nunca sucedían, ¡y ahora aquí me tienes en medio de uno! ¡Debería escribirse un libro sobre mí, vaya que sí! Y cuando sea mayor, escribiré uno... pero ya soy mayor», añadió con tono apesadumbrado; «al menos aquí ya no hay sitio para seguir creciendo».
“Pero entonces —pensó Alicia—, ¿jamás seré más mayor de lo que soy ahora? Eso será un consuelo, por un lado —no ser nunca una vieja—, pero por otro... ¡tener siempre lecciones que aprender! ¡Ay, eso no me gustaría nada!”
—¡Oh, tonta de ti, Alicia! —se respondió a sí misma—. ¿Cómo vas a aprender las lecciones aquí? ¡Vaya, si apenas hay espacio para ti, y no queda nada de sitio para ningún libro de lecciones!
Y así continuó, tomando primero un lado y luego el otro, y armando toda una conversación con aquello; pero al cabo de unos minutos oyó una voz afuera, y se detuvo a escuchar.