—¿Pensando otra vez? —preguntó la Duquesa, clavándole de nuevo su afilada barbilla.
—Tengo derecho a pensar —dijo Alicia con brusquedad, pues empezaba a sentirse un poco preocupada.
—Casi tanto derecho —dijo la Duquesa—, como tienen los cerdos a volar; y el m—
Pero aquí, con gran sorpresa de Alicia, la voz de la Duquesa se fue apagando, incluso en mitad de su palabra favorita, «moraleja», y el brazo que llevaba entrelazado con el suyo empezó a temblar. Alicia alzó la vista, y allí estaba la Reina delante de ellas, con los brazos cruzados, frunciendo el ceño como una tormenta.
—¡Un día magnífico, Majestad! —comenzó la Duquesa con voz baja y débil.
—Ahora te advierto formalmente —gritó la Reina, zapateando en el suelo mientras hablaba—; ¡o te quitan la cabeza a ti o te la quito yo, y eso en menos que canta un gallo! ¡Elige!
La Duquesa hizo su elección y se fue en un momento.
—Sigamos con el