estar volviendo a hacerme pequeña». Se levantó y fue a la mesa para medirse con ella, y descubrió que, según calculaba a ojo, medía ahora unos dos pies de altura, y seguía encogiéndose rápidamente; pronto se dio cuenta de que la causa de esto era el abanico que llevaba en la mano, y lo soltó a toda prisa, justo a tiempo para evitar desaparecer del todo al encogerse.
—¡De buena me he librado! —dijo Alicia, bastante asustada por el repentino cambio, pero muy contenta de ver que aún existía—; ¡y ahora, a por el jardín! —y corrió a toda velocidad de vuelta hacia la puerta pequeña; pero, ¡ay! la puerta pequeña estaba cerrada otra vez, y la llavecita de oro estaba sobre la mesa de cristal como antes—, y las cosas están peor que nunca —pensó la pobre niña—, ¡porque nunca había sido tan pequeña como ahora, jamás! ¡Y os juro que esto es el colmo, vaya que sí!
A decir estas palabras se resbaló y, al poco tiempo, ¡plash!, le llegaba el agua salada hasta la barbilla. Su primera ocurrencia fue que de algún modo se había caído al