La madriguera siguió recta como un túnel durante un buen trecho, y luego bajó de repente, de forma tan repentina que Alicia no tuvo un solo momento para pensar en detenerse antes de encontrarse cayendo por un pozo muy profundo.
O el pozo era muy profundo, o ella caía muy despacio, pues tuvo tiempo de sobra mientras descendía para mirar a su alrededor y preguntarse qué iba a pasar después. Primero, trató de mirar hacia abajo y adivinar con qué iba a tropezar, pero estaba demasiado oscuro para ver nada; luego miró las paredes del pozo y advirtió que estaban repletas de alacenas y estantes para libros; aquí y allá vio mapas y cuadros colgados de clavijas. Al pasar, cogió un frasco de uno de los estantes; llevaba la etiqueta « Marmelada de Naranja », pero, para su gran desilusión, estaba vacío: no quiso soltar el frasco por miedo a matar a alguien, así que se las apañó para meterlo en una de las alacenas mientras caía frente a ella.
—¡Vaya! —pensó Alicia para sus adentros—, después de una caída como esta, ¡ya no me importará nada caerme por las escaleras! ¡Qué valiente creerán que soy todos en casa! ¡Pues no diría nada al respecto, ni aunque me cayera desde el tejado! (Lo cual era muy probable).
Abajo, abajo, abajo. ¡¿No iba a tener fin nunca aquella caída?! —Me pregunto cuántas millas habré caído ya —dijo en voz alta—. Debo de estar llegando más o menos al centro de la tierra. A ver: eso serían unas cuatro mil millas hacia abajo, creo... (porque, ya ven, Alicia había aprendido varias cosas de este tipo en sus lecciones en la clase, y aunque esta no era una muy buena ocasión para lucir sus conocimientos, ya que no había nadie para escucharla, de todos modos era un buen ejercicio repetirlo en voz alta) ...sí, esa debe de ser la distancia más o menos..., pero entonces, ¿en qué latitud o longitud habré caído? (Alicia no tenía la más remota idea de lo que era la latitud ni tampoco la longitud, pero pensaba que eran palabras finas y grandilocuentes para decir).