“Bueno, no tiene nada que hacer ahí, de todos modos: ¡ve y quítalo!”
Hubo un largo silencio después de esto, y Alicia solo pudo oír susurros de vez en cuando; como: «¡Seguro que no me gusta, su señoría, nada de nada!», «¡Haz lo que te digo, cobarde!» y al fin volvió a extender la mano y dio otro manotazo en el aire. Esta vez se oyeron dos pequeños chillidos y más ruido de cristales rotos. «¡Qué cantidad de invernaderos de pepinos debe de haber!», pensó Alicia. «¡Me pregunto qué harán a continuación! En cuanto a sacarme por la ventana, ¡ya desearía que pudieran! ¡Estoy segura de que no quiero seguir aquí dentro ni un minuto más!».
Esperó un rato sin oír nada más; por fin llegó el repiqueteo de unas ruedecillas de carro y el murmullo de bastantes voces que hablaban a la vez; logró distinguir las palabras: «¿Dónde está la otra escalera?—Pues si yo no tenía que traer más que una; la otra la tiene Bill.—¡Bill! ¡tráela aquí, muchacho!—Eh, ponedlas en este rincón.—No, atadlas primero—, si no