“¿De serviría de algo ahora,” pensó Alicia, “hablar con este ratón? Todo es tan extrañísimo aquí abajo, que considero muy probable que sepa hablar: de todos modos, no hay daño en intentarlo”. Así que empezó: “¡Oh, Ratón, sabes la salida de este charco? ¡Estoy muy cansada de nadar por aquí, oh, Ratón!”. (Alicia pensó que esta debía ser la manera correcta de hablarle a un ratón: nunca antes había hecho algo así, pero recordaba haber visto en la gramática latina de su hermano: “Un ratón — de un ratón — a un ratón — un ratón — ¡oh, ratón!”). El Ratón la miró con bastante curiosidad, y le pareció que le guiñaba uno de sus ojitos, pero no dijo nada.
—Tal vez no entienda inglés —pensó Alicia—; me figuro que es un ratón francés, venido con Guillermo el Conquistador. (Pues, con todos sus conocimientos de historia, Alicia no tenía una idea muy clara de cuánto tiempo atrás había sucedido nada). Así que empezó de nuevo: «Ou est ma chatte?», que era la primera frase de su libro de lecciones de francés. El Ratón dio un repentino salto fuera del agua y pareció temblar de arriba abajo a causa del susto. —¡Oh, te pido perdón! —exclamó Alicia apresuradamente, temerosa de haber herido los sentimientos del pobre animal—. Me olvidé por completo de que no te gustan los gatos.
—¡Como los gatos no! —gritó el Ratón con voz chillona y apasionada—. ¿Te gustarían los gatos si fueras yo?
—Bueno, tal vez no —dijo Alicia en un tono conciliador—: no te enfades por eso. Y, sin embargo, ojalá pudiera enseñarte a nuestra gata Dinah: creo que te encantarían los gatos si pudieras verla. Es una criatura tan cariñosa y tranquila —siguió diciendo Alicia, medio para sus adentros, mientras nadaba perezosamente por el charco—, y se sienta a ronronear tan plácidamente junto al fuego, se lame las patas y se lava la