llegan ni a la mitad de lo alto todavía.—¡Bah! ya servirán bastante; no seas quisquilloso.—¡Oye, Bill! coge esta cuerda.—¿Aguantará el tejado?—Cuidado con esa teja suelta.—¡Uy, se viene abajo! ¡Cuidado abajo!» (un fuerte estrépito)—«Y ahora, ¿quién ha hecho eso?—Ha sido Bill, me parece.—¿Quién va a bajar por la chimenea?—¡Pues yo no! ¡Hazlo tú!—¡Pues eso sí que no lo haré!—Tiene que bajar Bill.—¡Eh, Bill! ¡Dice el amo que tienes que bajar por la chimenea!»
—¡Vaya! ¡Con que Bill tiene que bajar por la chimenea, eh! —se dijo Alicia para sus adentros—. ¡Vaya, parece que le echan todo a Bill! Yo no estaría en el lugar de Bill por nada del mundo: esta chimenea es estrecha, desde luego; ¡pero creo que puedo dar unas patadas!
Bajó el pie por la chimenea tanto como pudo y esperó hasta oír que un animalito (no cabía adivinar de qué especie) raspaba y trepaba por la chimenea muy cerca de ella; entonces, diciéndose a sí misma «Este es Bill», dio una patada seca y se quedó a la espera de lo que sucediera a continuación.