—Bah, es ella —dijo el Grifo—. Son todo imaginaciones suyas: ya sabes que no ejecutan nunca a nadie. ¡Vamos!
«Todo el mundo dice "¡vamos!" aquí», pensó Alicia, mientras lo seguía lentamente: «¡Jamás me habían dado tantas órdenes en toda mi vida, jamás!».
No habían avanzado mucho cuando vieron a la Falsa Tortuga a lo distancia, sentada triste y solitaria en un pequeño saliente de roca, y, al acercarse, Alicia pudo oírla suspirar como si se le fuera a partir el corazón. Le compadeció profundamente. —¿Cuál es su pena? —le preguntó al Grifo, y el Grifo contestó, casi con las mismas palabras de antes:—Todo son imaginaciones suyas: no tiene ninguna pena, ¿sabes? ¡Vamos!
Así que se acercaron a la Falsa Tortuga, que los miró con unos ojos grandes llenos de lágrimas, pero no dijo nada.
—Esta señorita de aquí —dijo el Grifo—, quiere saber tu historia, vaya que sí.
—Se lo contaré yo —dijo la Falsa Tortuga con voz profunda y hueca—: sentaos los dos, y no digáis una sola palabra hasta que haya terminado.
Así que se sentaron, y nadie habló durante unos minutos. Alicia pensó para sus adentros: «No veo cómo va a terminar nunca, si no empieza». Pero esperó pacientemente.
“Una vez —dijo la Falsa Tortuga por fin, con un profundo suspiro—, yo era una Tortuga de verdad”.
Estas palabras fueron seguidas por un silencio muy largo, interrumpido solo por la exclamación ocasional de «¡Hjckrrh!» por parte del Grifo, y los sollozos constantes y pesados de la Falsa Tortuga. Alicia estuvo a punto de levantarse y decir: «Gracias, señor, por su interesante historia», pero no pudo evitar pensar que aún tenía que venir más, así que se quedó sentada sin decir nada.