—¿Podría decirme —dijo Alicia, un poco tímida—, por qué está pintando esas rosas?
Cinco y Siete no dijeron nada, sino que miraron a Dos. Dos empezó en voz baja: «Pues mire usted, resulta, señorita, que este rosal tenía que haber sido rojo, y plantamos uno blanco por equivocación; y si la Reina llega a enterarse, nos cortarán la cabeza a todos, ya sabe. Así que ve, señorita, estamos haciendo todo lo posible, antes de que llegue, para...» En ese momento Cinco, que había estado mirando con ansiedad al otro lado del jardín, exclamó: «¡La Reina! ¡La Reina!» y los tres jardineros se arrojaron al instante boca abajo sobre el suelo. Se oyó el ruido de muchos pasos, y Alicia miró a su alrededor, deseosa de ver a la Reina.
Primero llegaron diez soldados con porras; todos tenían la misma forma que los tres jardineros: alargados y planos, con las manos y los pies en las esquinas; luego, los diez cortesanos, que estaban adornados por todas partes con diamantes y caminaban de dos en dos, tal como hacían los soldados. Después de estos llegaron los niños reales; eran diez, y los pequeños encantos venían dando alegres saltitos, de la mano y por parejas; todos estaban adornados con corazones. A continuación llegaron los invitados, en su mayoría Reyes y Reinas, y entre ellos Alicia reconoció al Conejo Blanco: hablaba de un modo apresurado y nervioso, sonriendo a todo lo que se decía, y pasó de largo sin reparar en ella. Luego le siguió la Sota de Corazones, que llevaba la corona del Rey sobre un cojín de terciopelo carmesí; y, la última de toda esta gran procesión, llegaron el Rey y la Reina de Corazones.
A Alicia le cabían bastantes dudas sobre si no debería haberse echado boca abajo como los tres jardineros, pero no recordaba haber oído nunca hablar de semejante regla en las procesiones; «y además, ¿de qué serviría una procesión —pensó—, si la gente tuviera que echarse toda boca abajo, de modo que no pudiera verla?». Así que se quedó de pie donde estaba y esperó.