costado de Alicia.
A Alicia no le hacía mucha gracia ir tan pegada a ella: primero, porque la Duquesa era muy fea; y segundo, porque tenía exactamente la altura perfecta para apoyar la barbilla en el hombro de Alicia, y era una barbilla desagradablemente puntiaguda. Sin embargo, no quería ser grosera, así que lo soportó lo mejor que pudo.
—El juego va bastante mejor ahora —dijo, a modo de mantener un poco la conversación.
—Así es —dijo la Duquesa—, y la moraleja de eso es: «¡Ay, el amor, el amor es lo que hace que el mundo ruede!».
—Alguien dijo —susurró Alicia—, ¡que eso se consigue en que cada uno se ocupe de sus propios asuntos!
—¡Ah, bueno! Viene a ser más o menos lo mismo —dijo la Duquesa, hincando su afilada barbilla en el hombro de Alicia, y añadió—: y la moraleja de esto es: «Cuídate del sentido, que de los sonidos ya se cuidarán solos».
—¡Qué afición tiene a encontrar moralejas en las cosas! —pensó Alicia para sus adentros.
—A buen seguro que te estás preguntando por qué no te paso el brazo por la cintura —dijo la Duquesa tras una pausa—: la razón es que dudo del carácter de tu flamingo. ¿Pruebo el experimento?
—Podría morder —respondió Alicia con cautela, sin tener ninguna gana de que se hiciera la prueba.
—Muy cierto —dijo la duquesa—: los flamencos y la mostaza muerden. Y la moraleja de esto es: «Dios cría y ellos se juntan».
—Lo único que no es un pájaro es la mostaza —observó Alicia.