Pero esto no parecía probable que ocurriera. Siguió y siguió adelante, un buen trecho, pero dondequiera que el camino se dividía siempre había dos indicadores que señalaban hacia la misma dirección, uno con el letrero que indicaba la casa de Tweedledum y el otro hacia la casa de Tweedledee.
—Pues bien creo —dijo Alicia al fin—, ¡que viven en la misma casa! Me extraña no habérseme ocurrido antes. Pero no puedo quedarme allí mucho rato. Solo iré a saludar y a decirles «¿qué tal?» y a preguntarles la salida del bosque. ¡Si tan solo pudiera llegar al Octavo Casillero antes de que oscurezca!
Así que siguió vagando, hablando sola mientras caminaba, hasta que, al doblar una esquina muy cerrada, tropezó con dos hombrecitos regordetes, tan de repente que no pudo evitar dar un paso atrás, pero al instante se recompuso, convencida de que tenían que ser