—¿Qué puerta? —dijo la Rana.
Alice casi da un fuerte pisotón de irritación ante la parsimonia con la que hablaba.
“¡Esta puerta, por supuesto!”
El sapo miró la puerta con sus grandes ojos apagados durante un minuto; luego se acercó más y la frotó con el dedo pulgar, como si estuviera probando si la pintura se saldría; después miró a Alicia.
—¿Que si le abre a la puerta? —dijo—. ¿Qué es lo que ha estado pidiendo? Estaba tan ronco que Alicia apenas pudo oírlo.
—No sé a qué te refieres —dijo ella.
—Hablo inglés, ¿no es así? —siguió diciendo la Rana—. ¿O estás sordo? ¿Qué te ha preguntado?
—¡Nada! —dijo Alicia con impaciencia—. ¡Llevo un buen rato llamando!
“No debería hacer eso—no debería hacer eso—” musitó la Rana.—«Eso lo irrita, ya sabe».
Luego se acercó y le dio una patada a la puerta con una de sus grandes patas.
«Déjalo en paz—bufó mientras cojeaba de regreso a su árbol— y él te dejará en paz, ya sabes».
En ese momento la puerta se abrió de par en par y se oyó una voz chillona que cantaba:
“To the Looking-Glass world it was Alice that said, ‘I’ve a sceptre in hand, I’ve a crown on my head; Let the Looking-Glass creatures, whatever they be, Come and dine with the Red Queen, the White Queen, and me.’ ”
Y cientos de voces se unieron al coro:
“Then fill up the glasses as quick as you can, And sprinkle the table with buttons and bran: Put cats in the coffee, and mice in the tea— And welcome Queen Alice with thirty-times-three!”
Luego siguió un ruido confuso de vivas, y Alicia pensó para sus adentros: