—Si ese Rey de ahí se despertara —añadió Tweedledum—, ¡te apagarías —pum!—, tal cual una vela!
—¡No debería! —exclamó Alicia con indignación—. Además, si yo no soy más que una especie de cosa en su sueño, ¿qué eres tú, me gustaría saber?
—Ídem —dijo Tweedledum.
—Lo mismo digo, lo mismo digo —gritó Tweedledee.
Gritó esto tan alto que Alicia no pudo evitar decir: —¡Chist! Me temo que vas a despertarlo si haces tanto ruido.
—Bueno, de nada sirve que hables de despertarlo —dijo Tweedledum—, cuando tú no eres más que una de las cosas de su sueño. Bien sabes que no eres real.
—¡Soy real! —dijo Alicia y se puso a llorar.
“No vas a volverte ni un poco más real por llorar,” observó Tweedledee: “no hay por qué llorar”.
“Si no fuera real —dijo Alicia, riendo a medias entre lágrimas, ya que todo le parecía tan absurdo—, no sería capaz de llorar”.
—Espero que no te imaginas que esas son lágrimas de verdad —interrumpió Tweedledum en un tono de gran desprecio.
“Sé que están diciendo tonterías —pensó para sus adentros—, y es una tontería ponerse a llorar por eso”.
Así que se secó las lágrimas y continuó tan alegremente como pudo. “De todos modos, más me valdría salir del bosque, porque la verdad es que está oscureciendo mucho. ¿Crees que va a llover?”.
Tweedledum abrió un gran paraguas sobre sí mismo y su hermano, y miró hacia su interior. —No, no creo que lo esté —dijo—: al menos... aquí debajo, no. De ningún modo.
“¿Pero puede llover afuera?”
—Puede —si quiere—, dijo Tweedledee—: no tenemos ningún inconveniente. Al contrario.
“¡Qué egoístas!”, pensó Alicia, y estaba a punto de decirles “Buenas noches” y marcharse, cuando Tweedledum saltó de debajo del paraguas y la agarró por la muñeca.