—Hágalo, por favor —dijo Alicia muy cortésmente.
La Reina Blanca se rio encantada y le acarició la mejilla a Alicia. Luego comenzó:
«“Primero, hay que pescar el pez”. Eso es fácil: un bebé, creo, lo habría pescado. “Luego, el pez hay que comprarlo”. Eso es fácil: un centavo, creo, lo habría comprado.
“¡Ahora cocíname el pez!” Eso es fácil, y no tomará más de un minuto. “¡Déjalo en un plato!” Eso es fácil, porque ya está en él.
“¡Tráelo aquí! ¡Déjame cenar!” Es fácil poner tal plato en la mesa. “¡Levanta la tapa del plato!” ¡Ah, eso es tan difícil que temo no ser capaz!
Pues se pega como el pegamento— Sostiene la tapa al plato, mientras yace en el medio: ¿Qué es más fácil de hacer, descubrir el pez o encubrir el acertijo?»
—Tómate un minuto para pensarlo y luego adivina —dijo la Reina Roja—. ¡Entre tanto, beberemos a tu salud, a la salud de la Reina Alicia! —gritó a todo pulmón, y todos los invitados se pusieron a beberla inmediatamente, y de un modo de lo más estrafalario: algunos se colocaron las copas sobre la cabeza a modo de apagavelas y bebieron todo lo que les escurría por la cara; otros volcaron las decantadoras y se bebieron el vino conforme caía por los bordes de la mesa; y tres de ellos (que parecían canguros) se metieron de un salto en la fuente de cordero asado y empezaron a sorber el jugo con avidez—, «¡igual que cerdos en un abrevadero!», pensó Alicia.
—Deberías dar las gracias con un discurso bien medido —dijo la Reina Roja, frunciendo el ceño a Alicia mientras hablaba.
—Debemos apoyarte, ¿sabes?, —susurró la Reina Blanca, mientras Alicia se levantaba para hacerlo, muy obediente, pero un poco asustada.
—Muchas gracias —respondió ella en un susurro—, pero puedo apañármelas muy bien sin ello.
—Eso no estaría nada bien —dijo la Reina Roja con mucha decisión—; así que Alicia intentó aceptarlo de buen grado.
(«¡Y empujaban tanto —dijo después, cuando le contaba a su hermana la historia del banquete—! ¡Habrías pensado que querían aplastarme hasta dejarme plana!»)
De hecho, le costaba bastante mantenerse en su sitio mientras pronunciaba su discurso: las dos Reinas la empujaban tanto, una a cada lado, que por poco la levantan por los aires: —Me levanto para dar las gracias... —empezó Alicia; y la verdad es que se levantó al hablar, varios centímetros; pero se