determinar en qué medida de tierra y en qué cantidad de dinero debe detenerse cada hombre —para limitar al príncipe, a fin de que no crezca demasiado; y para refrenar al pueblo, a fin de que no se vuelva demasiado insolente—, y para que nadie aspire facciosamente a los cargos públicos, los cuales no deben ni venderse ni volverse gravosos mediante un gran gasto, ya que de otro modo quienes sirven en ellos se verían tentados a reembolsarse mediante fraudes y violencia, y sería necesario buscar a hombres ricos para desempeñar dichos empleos, los cuales más bien deberían confiarse a los sabios.
Estas leyes, digo, podrían tener el efecto que una buena dieta y unos buenos cuidados pueden tener en un enfermo cuya recuperación es desesperada; podrían calmar y mitigar la enfermedad, pero jamás podría curarse del todo, ni el cuerpo político volver a recuperar un buen hábito en tanto que la propiedad permanezca; y sucederá, como en una complicación de enfermedades, que al aplicar un remedio a una llaga provocaréis otra, y aquello que elimina un síntoma malo produce otros, mientras que el fortalecimiento de una parte del cuerpo debilita el resto.
—Por el contrario —respondí—, me parece que los hombres no