de felicidad cercano al divino poder comprar una que sea muy extraordinaria, especialmente si es de ese tipo de piedras que en ese momento gozan de mayor demanda —pues la misma clase de piedra no tiene siempre y universalmente el mismo valor, ni la gente la compra a menos que esté desmontada y fuera del oro. Se le hace entonces dar al jeweller [lapidario] buenas garantías y se le exige que jure solemnemente que la piedra es auténtica, para que, mediante tan rigurosa precaución, no se compre una falsa en lugar de una verdadera; aunque, si tuvieras que examinarla, tu ojo no hallaría diferencia alguna entre la imitación y la auténtica, de modo que para ti son exactamente iguales, tanto como si estuvieras ciego.
¿O puede pensarse que aquellos que amasan una masa inútil de riquezas, no para obtener ningún provecho de ellas, sino simplemente para solazarse con su contemplación, disfrutan de algún verdadero placer en ello? El deleite que hallan no es sino una falsa sombra de alegría.
No son mejores aquellos cuyo error difiere un tanto del anterior y que lo ocultan por miedo a perderlo; pues ¿qué otro nombre puede convenirle al hecho de esconderlo en la tierra, o más bien de devolvérselo a ella, quedando así privado de utilidad tanto para su dueños como para el resto de la humanidad?
Y, sin embargo, el dueño, tras haberlo ocultado con cuidado, se alegra porque cree que ahora está seguro. Si fuese robado, el propietario, aunque quizás viviera diez años después del robo sin enterarse de nada, no notaría diferencia alguna entre tenerlo o haberlo perdido, pues de ambas maneras le era igualmente inútil.
Entre esos necios buscadores de placer cuentan a todos los que se deleitan en la caza, la cetrería o los juegos de azar, de cuya locura solo han oído hablar, pues entre ellos no existen tales cosas. Pero nos han preguntado: «¿Qué clase de placer puede hallar el hombre en arrojar los dados?»