los utopianos eran o bien insignias de esclavitud, marcas de infamia o juguetes de niños. No era desagradable ver, por un lado, cuán envanecidos se mostraban al comparar sus ricos hábitos con las sencillas ropas de los utopianos, que habían acudido en gran número a presenciar su entrada; y, por el otro, observar cuán equivocados estaban respecto a la impresión que esperaban que dicha pompa causara en ellos.
A todos los que nunca habían salido de su país ni conocían las costumbres de otras naciones les parecía un espectáculo tan ridículo que, aunque mostraban cierta reverencia hacia los iban peor vestidos —tomándolos por los embajadores—, cuando veían a los embajadores mismos, tan cargados de oro y cadenas, los tomaban por esclavos y se negaban a tratarlos con respeto.
Se podía ver a los niños que ya tenían edad suficiente para despreciar sus juguetes y que habían tirado sus joyas, llamar a sus madres, empujarlas con suavidad y gritar: «¡Mira a ese gran tonto que lleva perlas y gemas como si todavía fuera un niño!», mientras sus madres respondían con toda inocencia: «¡Calla! Creo que este es uno de los bufones del embajador».
Otros criticaban la forma de sus cadenas y observaban que no servían para nada, porque eran demasiado débiles para atar a sus esclavos, quienes podían romperlas con facilidad; y que, además, les colgaban tan flojas que pensaban que les sería muy fácil quitárselas y escapar.
Pero después de que los embajadores hubieron permanecido un día entre ellos, y vieron tan vasta cantidad de oro en sus casas (que era tan despreciado por ellos como estimado en otras naciones), y contemplaron más oro y plata en las cadenas y grilletes de un solo esclavo de lo que sumaban todos sus adornos, se les cayó el plumeado, y se avergonzaron de toda aquella gloria por la cual se habían valorado a sí mismos, y en