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Discursos de Rafael Hitlodeo, sobre el mejor estado de una república

pueden vivir cómodamente donde todas las cosas son comunes. ¿Cómo puede haber abundancia alguna donde cada cual se excuse del trabajo?, pues así como la esperanza de ganancia no lo estimula, la confianza que tiene en la industria de los demás puede volverlo perezoso. Si la gente llega a verse acosada por la necesidad y, sin embargo, no puede disponer de nada como propio, ¿qué puede seguirse de esto sino perpetua sedición y derramamiento de sangre, especialmente cuando la reverencia y la autoridad debidas a los magistrados caen por tierra?, pues no alcanzo a imaginar cómo se puede mantener tal cosa entre aquellos que en todo son iguales unos a otros.

—No me extraña —dijo él— que a usted le parezca eso, ya que no tiene ninguna idea, o al menos ninguna idea acertada, de una constitución semejante; pero si hubiera estado conmigo en Utopía, y hubiera visto sus leyes y normas, como hice yo, durante los cinco años que viví entre ellos, tiempo en el cual quedé tan encantado que, en verdad, jamás los habría dejado de no ser por dar a conocer ese nuevo mundo a los europeos, entonces confesaría que nunca ha visto un pueblo tan bien constituido como aquel.

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