Los niños son arrebatados
El ataque de los piratas había sido una completa sorpresa: una prueba irrefutable de que el sin escrúpulos Garfio lo había llevado a cabo indebidamente, pues sorprender a los pieles rojas con justicia está más allá de la inteligencia del hombre blanco.
Según todas las leyes no escritas de la guerra salvaje, es siempre el piel roja quien ataca, y con la astucia de su raza lo hace justo antes del alba, hora en la que sabe que el valor de los blancos se encuentra en su punto más bajo. Los hombres blancos han construido mientras tanto una rústica empalizada en la cima de aquella colina ondulada, al pie de la cual corre un arroyo, pues es la perdición estar demasiado lejos del agua. Allí aguardan la embestida, los inexpertos aferrando sus revólveres y pisando ramitas, pero los veteranos durmiendo tranquilos hasta justo antes del alba. A través de la larga y negra noche, los exploradores salvajes se reptan, como serpientes, entre la hierba sin mover una sola brizna. La maleza se cierra tras ellos tan silenciosamente como la arena en la que se ha sumergido un topo. No se oye un solo sonido, salvo cuando emiten una maravillosa imitación del solitario aullido del coyote. El grito es respondido por otros guerreros; y algunos de ellos lo hacen incluso mejor que los coyotes, a los que no se les da muy bien. Así transcurren las gélidas horas, y la larga tensión resulta horriblemente dura para el cara pálida que tiene que vivirla por primera vez; pero para el