Pero había un recodo en la pared, no más grande que una pajarera, que era el apartamento privado de Campanilla. Se podía aislar del resto del hogar mediante una diminuta cortina que Tink, que era sumamente pulcra, mantenía siempre corrida al vestirse o desvestirse. Ninguna mujer, por grande que fuera, podría haber tenido un tocador y dormitorio combinados más exquisitos. El diván, como ella siempre lo llamaba, era un auténtico Reina Mab, con patas de garrote; y variaba las colchas según la flor de frutal que estuviera en temporada. Su espejo era un Gato con botas, de los cuales ahora solo se conocen tres, sin descascarillar, entre los marchantes de hadas; el lavabo era de Costra de pastel y reversible, la cajonera un auténtico Encantador Sexto, y la alfombra y las tapetes del mejor periodo (el temprano) de Margery y Robin. Había una lámpara de araña de Tiddlywinks para dar el cambiazo, pero por supuesto ella misma iluminaba la residencia. A Tink el resto de la casa le parecía de lo más despreciable, algo que de verdad resultaba tal vez inevitable; y su aposento, aunque hermoso, lucía bastante presumido, con el aspecto de una nariz permanentemente levantada.
Supongo que todo aquello resultaba especialmente fascinante para Wendy, porque sus revoltosos muchachos le daban muchísimo que hacer. La verdad es que había semanas enteras en las que, salvo tal vez con una media por la noche, nunca salía a la superficie. La cocina, ya os lo digo yo, la tenía con las narices pegadas a la olla. Su alimento principal consistía en fruto del árbol del pan asado, ñames, cocos, cerdo al horno, mameyes, rollos de tappa y plátanos, regados con cuencos de poe-poe; pero nunca se sabía con exactitud si habría una comida de verdad o solo una de mentirijilla, todo dependía del capricho de Peter. Él podía comer, comer de verdad, si formaba parte de un juego, pero no era capaz de atiborrarse solo por sentirse atiborrado, que es lo que a la mayoría de los niños les gusta más que nada en el mundo; siendo lo segundo mejor hablar