El regreso a casa
A las dos campanas de aquella mañana ya estaban todos moviendo el esqueleto; pues corría mucha mar; y Tootles, el contramaestre, andaba entre ellos con unaúd de cabo en la mano y mascando tabaco. Todos se pusieron ropas de pirata cortadas a la rodilla, se afeitaron con primor y salieron tropezando en tropel, con el auténtico bamboleo marinero y subiéndose los pantalones.
No hace falta decir quién era el capitán. Nibs y John eran primer y segundo oficial. Había una mujer a bordo. El resto eran marineros de cubierta y vivían en el castillo de proa.
Peter ya se había atado al timón; pero convocó a toda la tripulación con el silbato y les dirigió un breve discurso; dijo que esperaba que cumplieran con su deber como hombres valientes, pero que sabía que eran la escoria de Río y de la Costa de Oro, y que si se le revolvían los destrozaría.
Sus palabras enérgicas y directas dieron con el tono que los marineros entienden, y lo vitorearon con entusiasmo. Luego se dieron unas pocas órdenes tajantes, hicieron girar el barco y pusieron rumbo hacia tierra firme.
El capitán Pan calculó, tras consultar la carta de navegación del barco, que si este tiempo persistía llegarían a las Azores hacia el 21 de junio, después de lo cual ahorraría tiempo volar.
Algunos querían que fuera un barco honrado y otros eran partidarios de seguir siendo piratas; pero el capitán los trataba como a perros, y no se