habitación de los niños por un momento, pero bajo custodia, por supuesto.
—Ahí tienes, pedazo de desconfiada —dijo, sin lamentar que Nana hubiera caído en desgracia—, están perfectamente a salvo, ¿verdad? Todos y cada uno de los angelitos durmiendo a pierna suelta en la cama. Escucha su apacible respiración.
Aquí Michael, animado por su éxito, respiró tan fuerte que estuvieron a punto de ser descubiertos. Nana conocía esa clase de respiración, e intentó librarse de las garras de Liza.
Pero Liza era dura de mollera.
—Se acabó, Nana —dijo con severidad, sacándola de la habitación—. Te advierto que si vuelves a ladrar, iré derecho a buscar a los señores y los traeré de vuelta de la fiesta, y entonces, vaya si te dará latigazos el señor, vaya si te dará.
Volvió a atar al desdichado perro, pero ¿creéis que Nana dejó de ladrar?
¡Traer de vuelta a casa al amo y a la señora de la fiesta! Vaya, eso era justamente lo que quería. ¿Creéis que le importaba que la azotaran con tal de que sus pupilos estuvieran a salvo?
Por desgracia, Liza volvió a sus pudines y Nana, al ver que no recibiría ayuda de su parte, tiró y tiró de la cadena hasta que por fin la rompió.
Un instante después, irrumpía en el comedor del número 27 y alzaba las patas al cielo, su forma más expresiva de comunicarse. El señor y la señora Darling supieron de inmediato que algo terrible estaba ocurriendo en su guardería y, sin despedirse de su anfitriona, salieron corriendo a la calle.