“Y ahora a rescatar a Wendy.”
La luna cabalgaba en un cielo nublado cuando Peter se levantó de su árbol, ceñido de armas y vistiendo poca cosa más, para emprender su peligrosa misión.
No era una noche como la que él habría elegido. Había esperado volar, manteniéndose no muy lejos del suelo para que nada insólito escapara a sus ojos; pero con aquella luz caprichosa haber volado bajo habría significado arrastrar su sombra entre los árboles, perturbando así a los aves y avisando a un enemigo vigilante de que estaba en marcha.
Se arrepentía ahora de haberles dado a los pájaros de la isla nombres tan extraños que son muy esquivos y difíciles de acercarse.
No había otro camino que avanzar al estilo de los pieles rojas, en lo que por fortuna era un experto. ¿Pero en qué dirección, ya que no podía estar seguro de que los niños hubieran sido llevados al barco?
Una ligera nevada había borrado todas las huellas; y un silencio mortal reinaba en la isla, como si por un momento la naturaleza se hubiera detenido horrorizada ante la reciente carnicería.
Les había enseñado a los niños algo de la sabiduría del bosque que él mismo había aprendido de Tiger Lily y Tinker Bell, y sabía que en su terrible hora no era probable que lo olvidaran.
- Slightly, de tener la oportunidad, marcaría los árboles con muescas, por ejemplo,
- Curly dejaría caer semillas, y
- Wendy dejaría su pañuelo en algún lugar importante.
Pero hacía falta la mañana para buscar semejante guía, y él no podía esperar. El mundo de arriba lo había llamado, pero no le ofrecería ninguna ayuda.