orejas como adornos, está el apuesto italiano Cecco, que grabó su nombre con letras de sangre en la espalda del gobernador de la prisión de Gao. Aquel negro gigantesco que está detrás ha tenido muchos nombres desde que dejó caer aquel con el que las madres de tez oscura aún aterrorizan a sus hijos a las orillas del Guadjo-mo. Aquí está Bill Jukes, tatuado de pies a cabeza, el mismo Bill Jukes que recibió seis docenas en el Walrus de parte de Flint antes de soltar la bolsa deises; y Cookson, de quien se dice que es hermano de Black Murphy (pero esto nunca se probó); y el caballero Starkey, otrora celador en una escuela pública y aún refinado en sus maneras de matar; y Claraboya (el Claraboya de Morgan); y el contramaestre irlandés Smee, un hombre extrañamente afable que apuñalaba, por decirlo así, sin ofender, y era el único no conformista en la tripulación de Hook; y Noodler, cuyas manos estaban injertadas al revés; y Robt. Mullins y Alf Mason y muchos otros rufianes conocidos y temidos desde hace mucho en el mar Caribe.
En medio de ellos, la joya más negra y grande de aquel oscuro escenario, se reclinaba James Hook, o como él mismo firmaba, Jas. Hook, de quien se decía que era el único hombre al que temía el Cocinero del Mar.
Yacía a sus anchas en un carro tosco arrastrado y propulsado por sus hombres, y en lugar de la mano derecha tenía el gancho de hierro con el que de vez en cuando los animaba a apresurar el paso.
Como a perros trataba y se dirigía a ellos este temible hombre, y como a perros le obedecían.
En persona era cadavérico y de tez oscura, y llevaba el cabello peinado en largos rizos que, a cierta distancia, parecían velas negras, y conferían una expresión singularmente amenazadora a su apuesto rostro. Sus ojos eran del azul del no me olvides y de una profunda melancolía, salvo cuando clavaba su anzuelo en ti, momento en el que aparecían en ellos dos puntos rojos que los iluminaban horrorosamente.