pensó que aquello demostraba falta de firmeza.
—Madre, no lo malcríes —le gritó—. Michael, cuando yo tenía tu edad me tomaba la medicina sin rechistar. Yo decía: «Gracias, amados padres, por darme frascos para ponerme bien».
Él de verdad creía que esto era verdad, y Wendy, que ahora estaba en camisón, también se lo creía, y dijo, para animar a Michael: —Esa medicina que a veces te tomas, papá, es mucho más asquerosa, ¿verdad?
—Mucho más asquerosa —dijo el señor Darling con valentía—, y me la tomaría ahora como ejemplo para ti, Michael, si no hubiera perdido el frasco.
No es que exactamente lo hubiera perdido; había trepado en plena noche a lo alto del armario y lo había escondido allí.
Lo que no sabía era que la fiel Liza lo había encontrado y lo había vuelto a poner en su aguamanil.