Lo que la verdad dice interiormente sin ruido de palabras.
“Habla, Señor, porque tu siervo escucha.”
“Yo soy tu siervo; dame entendimiento para que conozca tus testimonios. Inclina mi corazón a las palabras de tu boca.”
“Destile como el rocío tu palabra.”
Los hijos de Israel hablaron en otro tiempo a Moisés: “Háblanos tú, y nosotros oiremos; pero no hable Dios con nosotros, para que no muramos”.
No así, oh Señor, no así suplico yo; antes bien, con Samuel el profeta, te ruego humilde y encarecidamente: “Habla, Señor, porque tu siervo escucha”.
No me hable Moisés, ni ningún profeta, sino habla tú, oh Señor, que inspiraste e iluminaste a todos los profetas; porque tú solo, sin ellos, puedes llenarme perfectamente de ciencia, mientras que ellos, sin ti, de nada aprovecharán.
Ellos pueden en verdad pronunciar palabras, mas no dan el espíritu. Hablan con extrema belleza, mas cuando Tú callas no encienden el corazón. Ellos nos dan escrituras, mas Tú haces comprender el sentido de las mismas. Nos traen misterios, mas Tú revelas las cosas que están significadas. Pronuncian mandamientos, mas Tú ayudas a cumplirlos.