A menudo es por pobreza de espíritu que el mísero cuerpo se deja llevar tan fácilmente a la queja. Ruega, por tanto, humildemente al Señor para que te dé el espíritu de compunción y di en el lenguaje del profeta:
«Aliméntame, Señor, con pan de lágrimas, y dame a beber abundancia de lágrimas».