cual me veo obligado a buscarte, viendo que no hay hombre alguno que pueda consolarme; entonces podría confiar dignamente en tu gracia y regocijarme en el don de una nueva consolación.
¡Gracias sean dadas a Ti, de quien todo procede, cuantas veces me va bien! Mas yo soy vanidad y nada ante tus ojos, un hombre inconstante y débil. ¿De qué tengo, pues, que gloriarme, o por qué ansío ser tenido en honor? ¿No es acaso por nada? También esto es vanidad absoluta.
En verdad la vanagloria es una plaga maligna, la mayor de las vanidades, porque nos aparta de la verdadera gloria y nos despoja de la gracia celestial. Pues mientras un hombre se complace a sí mismo, te desagrada a Ti; mientras suspira por las alabanzas humanas, se ve privado de las verdaderas virtudes.
Mas la verdadera gloria y el santo regocijo residen en gloriarse en Ti y no en uno mismo; en regocijarse en tu Nombre, no