De la confesión de nuestra flaqueza y de las miserias de esta vida.
“Reconoceré mi pecado ante Ti;” Te confesaré, Señor, mi flaqueza.
A menudo es una pequeñez la que me abate y me entristece. Resuelvo que actuaré con valor, pero cuando viene una pequeña tentación, en seguida me veo en gran apretura.
Admirablemente pequeño es a veces el asunto de donde procede una grave tentación, y mientras me imagino seguro por un breve espacio; cuando no estoy atento, me encuentro a menudo casi vencido por un leve soplo de viento.
He aquí, por tanto, oh Señor, mi humildad y mi fragilidad, que te son enteramente conocidas.
Ten misericordia de mi, y “sácame del lodo, para que no sea sumergido”, no sea que quede siempre abatido.
Esto es lo que con frecuencia me hace retroceder y me confunde ante Ti, el que sea tan propenso a caer, tan débil para resistir mis pasiones.
Y aunque su asalto no es del todo según mi voluntad, es violento y penoso, y me cansa por completo vivir así cada día en conflicto.
En esto se me manifiesta mi debilidad, en que los pensamientos aborrecibles acuden siempre con mucha mayor facilidad de la que se van.
¡Oh, si quisieras, Dios potentísimo de Israel, Amador de todas las almas fieles, mirar el trabajo y el dolor de tu siervo, y darle ayuda en todas las cosas a las que aspira!