Que toda esperanza y confianza han de depositarse únicamente en Dios.
Señor, ¿cuál es mi confianza que tengo en esta vida, o cuál es mi mayor consuelo de todas las cosas que se ven bajo el Cielo?
¿No eres Tú, Señor Dios mío, cuyas misericordias son sin número? ¿Dónde me ha ido bien sin Ti? ¿O cuándo pudo haber mal mientras Tú estabas cerca?
Prefiero ser pobre por amor a Ti, que rico sin Ti. Elijo más bien ser peregrino sobre la tierra contigo que sin Ti poseer el cielo. Donde Tú estás, allí está el cielo; y donde Tú no estás, he ahí la muerte y el infierno.
Tú eres todo mi deseo, y por tanto debo gemir, clamar y rogar con fervor por Ti. En suma, no puedo confiar plenamente en nadie para que me dé pronto auxilio en las necesidades, sino solo en Ti, Dios mío.
Tú eres mi esperanza, Tú eres mi confianza, Tú eres mi Consolador y el más fiel en todas las cosas.
“Todos buscan lo suyo propio”; Tú no promueves sino mi salud y mi provecho, y todo lo vuelves en bien mío.
Aunque permitas que me exponga a diversas tentaciones y adversidades, todo lo ordenas para mi provecho, pues sueles probar a tus amados de mil maneras. En la cual prueba no debes ser menos amado y alabado que si me colmases de celestiales consuelos.
En Ti, por tanto, Señor Dios, pongo toda mi esperanza y mi refugio; en Ti descargo toda mi tribulación y angustia; porque hallo que todo es débil e inestable cuanto contemplo fuera de Ti.