Cómo un hombre desolado debe entregarse en las manos de Dios.
Señor Dios, Padre Santo, sé Tú bendito ahora y por siempre; porque lo que quieres se hace, y lo que haces es bueno.
Alégrese tu servidor en Ti, no en sí mismo ni en ningún otro; porque Tú solo eres el gozo verdadero, Tú eres mi esperanza y mi corona, Tú eres mi alegría y mi honor, Señor.
¿Qué tiene tu servidor que no haya recibido de Ti, aun sin mérito propio? Tuyas son todas las cosas que has dado y que has hecho.
“Pobre soy y estoy en trabajos desde mi juventud”, y mi alma está entristecida hasta las lágrimas, y a veces se turba a causa de los sufrimientos que se le vienen encima.
Anhelo el gozo de la paz; por la paz de Tus hijos suplico, pues en la luz de Tu consolación son alimentados por Ti.
Si das la paz, si derramas en mí el gozo santo, el alma de Tu siervo estará llena de melodía y devota en Tu alabanza.
Mas si Te retiras, como muy a menudo sueles hacerlo, no podrá correr por el camino de Tus mandamientos, sino que más bien se golpeará el pecho y doblará las rodillas; porque no le va como ayer y antes de ayer, «cuando Tu lámpara brillaba sobre su cabeza», y «andaba bajo la sombra de Tus alas», a salvo de las tentaciones que lo acosaban.