Si es cosa temible morir, tal vez sea cosa aún más temible vivir mucho tiempo. Bienaventurado el hombre que tiene la hora de su muerte siempre ante sus ojos, y cada día se prepara para morir. Si alguna vez has visto morir a alguien, considera que tú también pasarás por el mismo camino.
Cuando sea de mañana, piensa que tal vez no verás la tarde, y al atardecer no te atrevas a gloriarte del día de mañana.
Estáte siempre preparado, y vive de tal manera que la muerte nunca te encuentre desprevenido. Muchos mueren de repente y de imprevisto.
Porque «a la hora que menos penséis, vendrá el Hijo del Hombre».
Cuando llegue esa última hora, comenzarás a pensar de muy distinta manera sobre toda tu vida pasada, y lamentarás amargamente haber sido tan negligente y perezoso.
¡Dichoso y sabio es aquel que ahora se esfuerza por ser en la vida tal como desearía ser hallado en la muerte!
Porque un perfecto desprecio del mundo, un ferviente deseo de sobresalir en la virtud, el amor a la disciplina, la penuria del arrepentimiento, la prontitud para obedecer, la abnegación de sí mismo, la sumisión a cualquier adversidad por amor a Cristo; estas son las cosas que darán gran confianza de una muerte feliz.
Mientras gozas de salud tienes muchas oportunidades de buenas obras; pero cuando estés enfermo no sé cuánto podrás hacer.
Pocos se hacen mejores con la enfermedad: así como los que viajan mucho rara vez se vuelven santos.