Del juicio y castigo de los malvados.
En todo lo que hagas, acuérdate del fin, y de cómo estarás ante un juez severo, de quien nada está oculto, que no se deja sobornar con dádivas, ni acepta excusas, sino que juzgará con justo juicio.
Oh, miserabilísimo y necio pecador, que a veces temes el rostro de un hombre airado, ¿qué responderás a Dios, que conoce todas tus maldades?
¿Por qué no te preparas para el día del juicio, cuando nadie podrá ser excusado ni defendido por medio de otro, sino que cada uno cargará con su propio peso solo?
Ahora tu trabajo da fruto, ahora tu llanto es aceptable, tu gemido escuchado, tu dolor bien agradable a Dios y purificador para tu alma.
Aun aquí en la tierra el hombre paciente halla gran ocasión de purificar su alma. Cuando, al sufrir injurias, se duele más de la malicia ajena que de su propia ofra; cuando ruega de corazón por aquellos que lo maltratan y los perdona de todo corazón; cuando no es lento en pedir perdón a los demás; cuando es más pronto para la piedad que para la ira; cuando con frecuencia se niega a sí mismo y se esfuerza por someter por completo la carne al espíritu. Mejor es ahora purificar el alma del pecado, que aferrarse a los pecados de los cuales habremos de ser purgados más adelante.