De la enmienda fervorosa de toda nuestra vida.
Velador y diligente sé en el servicio de Dios, y piensa a menudo por qué has renunciado al mundo.
¿No fue acaso para que vivieras para Dios y te hicieras un hombre espiritual?
Sé fervoroso, por tanto, en tu provecho espiritual, pues recibirás muy pronto el galardón de tus fatigas, y ni el temor ni la tristeza vendrán ya más a tus confines.
Ahora laborarás un poco, y hallarás gran descanso, sí, gozo eterno.
Si permaneces fiel y fervoroso en el trabajo, no dudes que Dios será fiel y generoso al recompensarte.
Es tu deber abrigar la buena esperanza de que alcanzaras la victoria, pero no debes caer en la seguridad no sea que te vuelvas perezoso o te ensoberbezcas.
Cierto hombre, que se hallaba con el alma atribulada, continuamente agitado entre la esperanza y el temor, y viéndose cierto día abrumado por el dolor, se postró en oración ante el altar de una iglesia y meditaba dentro de sí, diciendo: «¡Ah, si al menos supiera que he de perseverar!», y al instante oyó en su interior una voz de Dios que le decía: «Y si lo