Que todas las cosas deben referirse a Dios como al fin último.
—Hijo mío, debo ser tu supremo y último fin, si deseas ser verdaderamente feliz.
Por medio de tal propósito tu afecto será purificado, el cual con demasiada frecuencia se inclina pecaminosamente hacia sí mismo y hacia las cosas creadas.
Porque si te buscas a ti mismo en cualquier asunto, al punto desfallecerás en tu interior y quedarás estéril.
Por tanto, refiere todo a Mí en primer lugar, pues soy Yo quien te lo ha dio todo. Mira así cada bendición como brotada del Bien Supremo, y de este modo todas las cosas han de ser atribuídas a Mí como a su fuente.
“De Mí sacan agua los humildes y los grandes, los pobres y los ricos, como de una fuente viva, y los que Me sirven con espíritu libre y fiel recibirán gracia sobre gracia.
Pero aquel que se gloríe aparte de Mí, o se deleite en algún bien que posea en sí mismo, no se establecerá en el verdadero gozo, ni se ensanchará en su corazón, sino que será grandemente entorpecido y arrojado en la tribulación.
Por tanto, no debes atribuirte ningún bien a ti mismo, ni considerar la virtud como perteneciente a ningún hombre, sino atribuirlo todo a Dios, sin el cual el hombre no tiene nada. Yo lo di todo, todo lo volveré a recibir, y con gran rigor exijo la acción de gracias.