Por dos cosas reconozco que me son sumamente necesarias en esta vida, sin las cuales esta miserable vida me sería intolerable; hallándome retenido en la prisión de este cuerpo, confieso que necesito dos cosas, a saber, alimento y luz.
Me has dado, pues, a mí que soy tan débil, tu sagrado Cuerpo y tu Sangre, para el reclinatorio —o refrigerio— de mi alma y de mi cuerpo, y has puesto «tu Palabra como lumbrera para mis pies». Sin estas dos cosas no podría vivir debidamente; pues la palabra de Dios es la luz de mi alma, y tu Sacramento, el pan de vida.
Estas también pueden llamarse las dos mesas, colocadas a uno y otro lado en el tesoro de tu santa Iglesia.
- Una mesa es la del Sagrado Altar, que soporta el pan santo, es decir, el precioso Cuerpo y la Sangre de Cristo;
- la otra es la mesa de la Divina Ley, que contiene la santa doctrina, enseña la verdadera fe y conduce con firmeza hasta aquello que está dentro del velo, donde está el Santo de los Santos.
Gracias te sean dadas, oh Señor Jesús, Luz de Luz eterna, por aquella mesa de santa doctrina que nos has preparado por medio de tus siervos los Profetas, los Apóstoles y demás maestros.
Gracias te sean dadas, oh Creador y Redentor de los hombres, que para dar a conocer tu amor al mundo entero has preparado una gran cena, en la cual nos has ofrecido para nuestro bien, no el cordero simbólico, sino tu propio y Santísimo Cuerpo y Sangre; alegrando a todos tus fieles con este santo banquete y dándoles a beber la copa de salvación, en la cual se encuentran todas las delicias del Paraíso, y los santos Ángeles se alimentan con nosotros, y con dulzura aún mayor.
¡Oh, cuán grande y honorable es el oficio de los sacerdotes, a quienes les es dado consagrar con palabras santas el Sacramento del Señor de la