murió a la mesa, otro mientras jugaba! Uno murió por el fuego, otro por la espada, otro por la peste, otro a manos de un banderizo. Así llega la muerte a todos, y la vida de los hombres pasa velozmente como una sombra.
¿Quién se acordará de ti después de tu muerte? ¿Y quién intercederá por ti?
Trabaja, trabaja ahora, oh amadísimo, trabaja todo lo que puedas. Pues no sabes cuándo morirás, ni qué te sucederá después de la muerte.
Mientras tienes tiempo, acumula para ti riquezas imperecederas. No pienses en otra cosa que en tu salvación; ocúpate únicamente de las cosas de Dios.
«Haceros amigos», venerando a los santos de Dios y siguiendo sus pasos, «para que, cuando lleguéis a faltar, seáis recibidos en las moradas eternas».
Guárdate como a un extraño y peregrino sobre la tierra, a quien las cosas del mundo no pertenecen.
Conserva tu corazón libre y elevado hacia Dios, «porque no tenemos aquí ciudad permanente».
Dirige a Él tus oraciones cotidianas con gemidos y lágrimas, para que tu espíritu sea hallado digno de pasar felizmente después de la muerte hacia su Señor.
Amén.