Yo soy quien te ha llamado; Yo mandé que se hiciese; Yo supliré lo que te falta; ven y recíbeme.
Cuando te conceda la gracia de la devoción, da gracias a tu Dios; no es porque seas digno, sino porque tuve misericordia de ti.
Si no tienes devoción, sino que más bien te sientes seco, persevera en la oración, no dejes de gemir y de llamar; no ceses hasta que alcances a obtener alguna migaja o gota de gracia salvadora.
Tienes necesidad de Mí, Yo no tengo necesidad de ti. Ni vienes tú a santificarme, sino que Yo vengo a santificarte y a hacerte mejor. Vienes para ser santificado por Mí y unido a Mí; para recibir nueva gracia y encenderte de nuevo en la enmienda de la vida.
Procura no descuidar esta gracia, sino prepara tu corazón con toda diligencia y recibe a tu Amado en ti.
Mas no sólo debes prepararte para la devoción antes de la Comunión, sino que debes guardarte con toda diligencia en ella después de recibir el Sacramente; ni hace falta menor vigilancia después que la devota preparación de antes: porque una buena vigilancia posterior se convierte a su vez en la mejor preparación para alcanzar mayor gracia.
Pues por esto se vuelve el hombre enteramente inepto para el bien, si se aparta inmediatamente de la Comunión para entregarse a las consolaciones exteriores.
- Guárdate de hablar mucho;
- permanece en un lugar secreto y comunícate con tu Dios;
porque le tienes a Él, a quien el mundo entero no te puede quitar. Yo soy Aquel a quien debes entregarte por entero; de modo que ahora ya no vivas enteramente en ti, sino en Mí, libre de toda solicitud.