Una oración por el espíritu de devoción
Oh Señor Dios mío, Tú eres todo mi bien, y ¿quién soy yo para atreverme a hablarte?
Soy el más pobre de tus servidores, un gusanillo despreciable, mucho más pobre y deleznable de lo que conozco o me atrevo a decir. No obstante, acuérdate, Señor, de que no soy nada, nada tengo y nada puedo hacer.
Tú solo eres bueno, justo y santo; Tú puedes todas las cosas, estás sobre todas las cosas, llenas todas las cosas, dejando vacío únicamente al pecador. Trae a la memoria tus entrañables misericordias, y llena mi corazón de tu gracia, Tú que no quieres que tu obra vuelva a ti vacía.
¿Cómo podré soportar esta mísera vida si tu misericordia y tu gracia no me fortalecen?
No apartes de mí tu rostro, no demores tu visitación. No retires de mí tu consuelo, para que mi alma no «suspire por ti como tierra sedienta».
Señor, enséñame a hacer tu voluntad, enséñame a caminar con humildad y rectitud delante de ti, porque tú eres mi sabiduría, que me conoces en verdad, y me conociste antes de que el mundo fuese hecho y antes de que yo naciera en el mundo.