Del deseo de la vida eterna, y cuán grandes bienes son prometidos a aquellos que luchan.
—Hijo mío, cuando sientas que el deseo de la felicidad eterna se derrama en ti desde lo alto, y anheles partir del tabernáculo de este cuerpo para contemplar Mi gloria sin sombra de mudanza, ensancha tu corazón y recibe esta santa inspiración con todo tu deseo. Da las más fervientes gracias a la Suprema Bondad, que obra contigo con tanta gracia, te visita con tanto amor, te estimula con tanta fervor, te levanta con tanta potencia, no sea que te hundas por tu propio peso hacia las cosas terrenales. Pues no por tu propia meditación o esfuerzo recibes este don, sino por la sola y clemente condescendencia de la Gracia Suprema y del favor Divino; con el fin de que progreses en la virtud y en mayor humildad, te prepares para futuros combates y te adhieras a Mí con todo el afecto de tu corazón, esforzándote por servirme con voluntad ferviente.
—Hijo mío, a menudo el fuego arde, mas la llama no asciende sin humo. Así también los deseos de algunos hombres arden hacia las cosas celestiales, y sin embargo no están libres de la tentación de la afección carnal.
Por tanto, no obran con un deseo del todo puro por la gloria de Dios cuando le oran con tanta fuerza. Tal es también muchas veces tu deseo, cuando lo has imaginado tan ferviente. Pues no es puro y perfecto aquello que está manchado con tu propio egoísmo.
“No busques lo que te es agradable y ventajoso, sino lo que es aceptable y honorable ante mí; porque, si juzgas rectamente, debes elegir y seguir mi designio antes que tu propio deseo; sí, antes que cualquier cosa que pueda ser deseada.