Del Mercader escribe el poeta: «En verdad era, además, un hombre digno».
Era reflexivo, lleno de proyectos y un buen manipulador de cifras.
«Sus razones exponía también muy solemnemente. Pregonando el incremento de sus ganancias».
Una mañana, cuando iban por el camino, el Caballero y el Escudero, que cabalgaban a su lado, le recordaron al Mercader que aún no había propuesto el acertijo que le debía a la compañía. Él respondió entonces: «¿Así sea? He aquí entonces un enigma de números que plantearé a esta alegre compañía la próxima vez que hagamos alto. Somos treinta en total cabalgando por el páramo esta mañana. En verdad podemos cabalgar de uno en uno, en lo que llaman la fila india, o de dos en dos, o de tres en tres, o de cinco en cinco, o de seis en seis, o de diez en diez, o de quince en quince, o los treinta en fila. De ningún otro modo podemos cabalgar sin que falte la igualdad de números en las filas. Ahora bien, un grupo de peregrinos pudo cabalgar así de tantas como sesenta y cuatro maneras distintas. Te ruego que me digas cuántos debían de ser por fuerza en la compañía».
El Mercader requería claramente el número menor de personas que pudieran cabalgar de ese modo en las sesenta y cuatro maneras.