Un magnífico ejemplar del antiguo caballero rural inglés era el hacendado Davidge, de Stoke Courcy Hall, en Somerset.
Cuando el siglo pasado aún estaba en su juventud, había pocos hombres en el West Country más ampliamente conocidos y más respetados y queridos en general que él.
Deportista nato, su fama se extendía hasta el mismo Exmoor, donde su osada y espléndida monta en persecución del ciervo rojo había suscitado la admiración y la envidia de innumerables jinetes más jóvenes.
Pero era en su propia parroquia, y en particular en su propio hogar, donde su afable hospitalidad, su generosidad y su rara y jovial alegría lo convertían en el ídolo de sus amigos —e incluso de sus parientes, lo que a veces significa mucho—.
En Navidad las puertas de Stoke Courcy Hall siempre estaban abiertas de par en par, pues si había algo sobre lo cual el terrateniente Davidge tenía ideas muy firmes, era en la cuestión de celebrar a lo grande la gran festividad de la Navidad.
«Escuchadme, muchachos —acostumbraba a decir a sus hijos—: nuestro país empezará a caer en días oscuros si alguna vez nos volvemos indiferentes a las exigencias de aquellas festividades navideñas que han contribuido a granjearnos el orgulloso nombre de la Alegre Inglaterra».
Por lo tanto, cuando digo que la Navidad en Stoke Courcy se celebraba al buen viejo estilo alegre, bullicioso y festivo que tanto amaban nuestros abuelos y bisabuelos, será innecesario que intente dar una descripción. Tenemos un fiel reflejo de estas alegres escenas en el Bracebridge Hall de Washington Irving. En este boceto debo limitarme a un aspecto muy particular de la ronda de festejos del terrateniente durante la temporada de paz y buena voluntad.
Tomaba un interés curioso e inteligente por los rompecabezas de todo tipo, y siempre había una noche dedicada a lo que se conocía como «la fiesta de acertijos del terrateniente Davidge».
Se esperaba que cada invitado acudiera armado con alguna adivinanza o rompecabezas para desconcierto y posible deleite de la compañía. El anciano siempre regalaba un reloj nuevo al invitado que tuviera más éxito en sus respuestas.
Es una lástima que no se conservaran todos los acertijos; pero me propongo presentar a mis lectores unos cuantos seleccionados de entre varios que han llegado hasta un miembro superviviente de la familia, quien amablemente me ha permitido usarlos en esta ocasión. Hay algunos muy fáciles, unos pocos de dificultad moderada y un rompecabezas difícil, por lo que todos deberían poder encontrar algo de su gusto.
El pequeño registro está escrito con la letra clara y angulosa de una señorita de aquella época, y los acertijos, cuyas condiciones creo mejor dar principalmente con mis propias palabras en aras de una mayor claridad, parecen haber sido planteados todos en una misma ocasión.