El pequeño asunto del «automóvil fugitivo» ilustra bien cómo el conocimiento de alguna rama del pasatiempo de los rompecabezas puede tener una aplicación inesperada.
Un socio del Club, cuyo nombre he olvidado en el momento de escribir esto, entró una noche y dijo que un amigo suyo iba en bicicleta por Surrey el día anterior, cuando un automóvil apareció por detrás, al doblar una esquina, a una velocidad terrífica, le enganchó una de las ruedas y lo mandó volando por la carretera. Sufrió fuertes contusiones y se fracturó el brazo izquierdo, mientras que su máquina quedó destrozada. El automóvil no se detuvo y no había podido localizarlo.
Hubo dos testigos del accidente, que fue sin duda alguna culpa del conductor del auto. Una anciana, una tal señora Wadey, vio todo el asunto y trató de anotar el número del coche. Estaba segura en cuanto a las letras, que no es necesario mencionar, y estaba segura también de que la primera cifra era un 1. Las demás cifras no pudo leerlas debido a la velocidad y el polvo.
El otro testigo era el tonto del pueblo, que por poco pasa por un genio de la aritmética, pero que es sumamente estúpido en todo lo demás.
Siempre está haciendo cuentas de cabeza; y todo lo que pudo decir fue que había cinco cifras en el número, y que descubrió que cuando multiplicaba las dos primeras cifras por las tres últimas daban las mismas cifras, solo que en diferente orden —tal como 24 multiplicado por 651 da 15.624 (las mismas cinco cifras)—, en cuyo caso el número del vagón habría sido 24.651; y sabía que no había ningún 0 en el número.
—Será bastante fácil encontrar ese coche —dijo Russell—. Los hechos conocidos son posiblemente suficientes para permitirnos descubrir el número exacto. Verá, debe haber un límite para los números de cinco cifras que poseen la peculiaridad observada por el simplón. Y estos se ven aún más limitados por el hecho de que, como afirma la señora Wadey, el número empezaba por la cifra 1. Por lo tanto, tenemos que encontrar dichos números. Es concebible que solo haya un número así, en cuyo caso el asunto estará resuelto. Pero incluso si hay varios casos, el propietario del coche en cuestión podrá encontrarse fácilmente.
—¿Cómo se apañará usted para hacer eso? —preguntó alguien.
—Sin duda —respondió Russell—, el método es bastante obvio. Mediante el proceso de eliminación. Todos los propietarios, excepto el culpable, podrán probar una coartada. Aun así, limitándome a adivinar de buenas a primeras, creo muy probable que solo haya un número que encaje en el caso. Ya veremos.
Russell tenía razón, pues esa misma noche envió el número por correo, con el resultado de que el coche huido fue localizado de inmediato, y su propietario, que iba conduciendo él mismo, tuvo que pagar el costo de los daños ocasionados por su descuido. ¿Cuál era el número del coche?