Mi calabozo no yacía bajo el foso, sino en una de las partes más altas del castillo. Tan robusta era la puerta, y tan bien cerrada y asegurada además, que no había forma de escapar por ahí.
A base de duro trabajo, después de muchos días, logré quitar uno de los barrotes de la estrecha ventana, y pude pasar mi cuerpo a la fuerza por la abertura; pero la distancia hasta el patio de abajo era tan sumamente grande que tirarse hasta allí suponía una muerte segura.
Sin embargo, por gran fortuna hallé en el rincón de la celda una cuerda que había sido dejada allí y yacía oculta en la gran oscuridad. Mas esta cuerda no tenía suficiente longitud, y dejarse caer con seguridad desde el extremo no era de ningún modo posible.
Entonces recordé cómo el sabio de Irlanda alargó la manta que le era demasiado corta cortando una vara de la parte inferior de la misma y añadiéndola a la parte superior. Así que me apresuré a dividir la cuerda por la mitad y a atar las dos partes de nuevo la una a la otra.
Estaba entonces bien larga, y llegó al suelo, y bajé a salvo. ¿Cómo pudo haber sido esto?